Hace una semana el Perú volvió a votar. Todavía esperamos que nos digan qué decidimos.
Y leí estos días una frase: uno entiende su país recién cuando deja de vivir en él.
No la leí como idea bonita. La leí como una factura. Una que ya pagué.
"Vale un Perú"
En Buenos Aires, los viejos, cuando algo valía muchísimo, decían: "vale un Perú".
La primera vez pregunté de dónde salía. Me hablaron de la plata, del oro, de un país que alguna vez fue sinónimo de riqueza para medio mundo.
Yo había crecido adentro y nunca nadie me lo había dicho así. Tuve que cruzar un continente para que un viejo argentino me devolviera algo que ya era mío.
Mi país valía. Y yo me enteraba de prestado.
Era "Perú" y era "Marto"
En el trabajo me decían Perú. En la banda, Marto. Y cuando tocábamos por las provincias me gritaban desde abajo del escenario: "ehh, Marto, peruano". Por un segundo me sentía Nolberto Solano.

Lo decía cada vez que podía. Pero al Perú lo pisaba una vez al año, de visita. Lo quería de lejos. Que es la parte fácil.
Volví a conquistar. Me cayó un puñetazo.
A los 29, casi 30, volví. 10 años después. Volví convencido de que podía ser el Galperín peruano, de que 10 años afuera eran un pasaporte. El plan era hermoso de arrogante: si la había hecho afuera, en mi país la iba a romper. Me senté a planear 1 año creyendo que diseñaba los siguientes 2. Eran los siguientes 10.
El Perú agarró ese pasaporte y lo rompió en mi cara.
Pitcheé a aceleradoras, a inversionistas, a un americano que ya había metido plata en un negocio parecido al mío. Me sonrió y me dijo que no. Y atrás, varios más. Siempre la misma sentencia debajo de la cortesía: no tienes pedigree. Venía de tocar rock pesado en Buenos Aires y de programar y diseñar desde los 19, en cientos de proyectos. No importó un carajo.
Y no vino solo. Lo de adentro también se cayó. Pasé de manejar de Buenos Aires a Rosario porque se me antojaba, a esperar que mi mamá nos mandara comida los fines de semana. Porque no había, pues. Del carro y la ruta libre, a la olla de mi mamá.
Estaba de vuelta en mi país. Volviendo a 0.
¿Y qué pienso del Perú?
Todavía no lo sé del todo. Pero algo sí.
Estamos a una semana de la segunda vuelta y aún no sabemos quién ganó. En Colombia contaron en un par de horas. Y me agarra una bronca rara: los nietos de los que levantaron Macchu Picchu hoy no pueden contar unos votos.
Nos falta tecnología, sí. Pero pesa más algo más viejo: la idea de que el vivo es el que gana. El pendejo, el que tuerce el sistema en vez de hacerlo funcionar. Lo premiamos. Y después nos sorprende el resultado.
Por eso creo que al país hay que tratarlo como un emprendimiento. Y no me vengan con que no se puede. Crecer nunca es suerte: es disciplina, foco, caja, gente que se hace cargo. Cuando el peruano se pone, es de putamadre. El problema nunca fue la capacidad. Fue hacia dónde la apuntamos.

Sigo ordenando qué pienso del Perú. Pero hay algo que no se me mueve.
Vale un Perú. Aunque hoy nos cueste verlo. Aunque hoy ni nosotros nos lo creamos.
Me fui 10 años para entenderlo. Me quedo a construirlo.
