Últimamente el tema aparece por todos lados: en cualquier reunión, en un chat de amigos, en el feed. Esa sensación de estar atrás, de que todos la están pegando menos uno.
Te voy a ser honesto: a mí, dudar a ese nivel, casi nunca me ha pasado. Y por un segundo uno quiere soltar un "no te compares". Pero no. Sé que un montón de gente la pasa mal con esto, mal de verdad, y no me parece nada chistoso.
Así que lo que sigue no es una teoría que tengo cerrada. Es más bien lo que voy pensando en voz alta.
Lo que sí vi de cerca, sobre todo en mi época de música, es esto: gente que tocaba en los mismos bares que yo. Mismo nivel, mismas ganas. Algunos hoy llenan estadios. Uno por ahí terminó tocando con Duki, en el Bernabéu. Y otros, que tocaban igual o mejor, con más técnica y más años de estudio encima, no llegaron a ningún lado.
¿Por qué unos sí y otros no? No tengo la respuesta limpia. Pero no fue talento. Buena parte fue estar en el momento justo, en el lugar justo. Suerte. Y también generar suerte, que de eso hasta hay un libro. A veces es pura alineación de planetas, y eso no lo controlas por más que te mates.
Y ahí es donde se pone jodido, porque uno empieza a compararse.
Para mí, compararse es como pelear contra la edad: una pelea que nadie ganó nunca. Por más que te esfuerces, no la paras. Y lo peor es que no tiene piso. Es como esa persona flaca que se mira al espejo y se sigue viendo gorda: nunca alcanza.
Y no me hago el que está por encima de esto, ojo. A mí también me agarra. Hay días en que pienso que a esta altura ya debería haberle comprado la casa a mi mamá, y que si no lo hice, entonces de qué sirvió todo. Veo a un chibolo que levantó 10 millones de dólares y por un segundo siento que estoy atrasado.
Pero cuando me doy cuenta de que estoy pensando así, trato de frenar. Porque ese juego no se gana. Si entras, perdiste de entrada.

No tengo la solución mágica. Lo único que medio me funciona es dejar de medirme contra el otro y tratar de respetar lo que hice con lo que tuve. Y también con lo que no tuve.
No todos tenemos que ser Steve Jobs, y tampoco hace falta. Capaz uno da su mejor versión a los 60, como el viejo de Kentucky Fried Chicken. O capaz nunca, qué sé yo. Las dos están bien, aunque cueste creerlo.
Suena a frase de taza, ya sé. Pero si tienes cosas que para ti pesan (tu gente, tu salud, hacer lo que te gusta), algo ya ganaste, aunque el de al lado tenga más ceros en la cuenta.
¿Y mientras tanto qué hago yo? Trabajar. Suena aburrido, pero es lo único que me saca esto de la cabeza.
Cierro el cliente que tengo enfrente. Lo vendo. Sin hacerme la película de que ese cliente es el que me va a volver millonario. Solo cerrar, ejecutar, meter plata.
Y a lo siguiente. Una cosa más, y a lo siguiente.
No tengo mejor fórmula que esa, la verdad.
